Tiene múltiples utilidades, está rico, es nutritivo y no demasiado calórico. Se mire por donde se mire, el yogur sólo ofrece ventajas al consumidor, y todas ellas de lo más saludables.

El yogur es, en realidad, leche coagulada. Se obtiene mediante la fermentación láctica de la leche pasteurizada, que se realiza por la acción de determinadas bacterias. Esta técnica de fermentación es, además de la más extendida por el mundo, una de las más antiguas, aunque es en el siglo XX cuando llega a su máximo esplendor.

Aunque algunos historiadores aseguran que los griegos y los romanos ya lo conocían y lo empleaban como digestivo, lo más probable es que provenga de Asia Central, de donde pasó a Europa a través de Turquía y los Balcanes. En concreto, hay quien afirma que fue en 1542, cuando el sultán otomano Solimán el Magnífico se lo ofreció a Francisco I de Francia para que éste aliviara sus padecimientos intestinales.

Premio Nobel

El caso es que, hasta finales del XIX no era un producto especialmente habitual en Occidente. Su mayor valedor, quien consiguió que se considerara este alimento lo que es hoy y lo lanzó a la fama internacional, fue el investigador ruso-francés Ilya Mechnikov, bacteriólogo y director del Instituto Pasteur que, a principios del siglo XX relacionó e investigó la longevidad y buena salud de los pueblos bálticos con su elevado consumo de yogur. En 1908 recibió el Nobel por estos estudios. Desde entonces, se puede decir que el yogur forma parte de nuestras vidas, sobre todo, desde que se produjo el primero de forma industrial, en 1919.

Sus cifras relativas a valores nutricionales son ya conocidas y ensalzadas por todos. Y no es para menos. Para empezar, se puede decir que es uno de los alimentos más calcificantes ya que aporta una elevada dosis de esta sustancia, y ya se sabe lo importante que es éste para mantener los huesos fuertes y los dientes sanos. Pero eso no es todo, ya que también contiene vitamina B2, necesarias para liberar la energía de los alimentos, y B12, que ayuda a mantener sano el sistema nervioso.

Sus proteínas son de alta calidad y además aportan fósforo, magnesio y potasio. Muchas de estas cualidades también las tiene la leche, pero el yogur tiene la ventaja añadida de que generalmente puede ser consumido por personas que padecen intolerancia a la lactosa y, por lo tanto, no suelen poder ingerir productos lácteos.

Enteros o desnatados

En cuanto a su aportación calórica, es moderada, aunque varía ostensiblemente dependiendo de si se ha elaborado con leche desnatada o entera. En el primer caso cuenta con unas 45 calorías por cada 100 gramos, mientras que en el segundo, aumenta a 65 aproximadamente. Los yogures desnatados tienen un contenido máximo de materia grasa de origen lácteo del 0,5%. Por eso resulta muy útil en las dietas de adelgazamiento, al aportar multitud de nutrientes y pocas calorías. En concreto, los desnatados, además de para comer solos, son muy apropiados en la cocina, para sustituir a la leche y la nata, en la elaboración de salsas y cremas.

La vieja idea de que el yogur es bueno para el estómago es más que cierta y tiene sus bases científicas. La razón no es otra que la presencia en este producto de microorganismos vivos que se han desarrollado durante la fermentación, esto es, las llamadas bacterias lácticas, que facilitan la digestión, favorecen el aumento de algunas defensas intestinales, ayudan a prevenir algunos trastornos de la piel y regulan la flora intestinal.

Además la variedad de yogures que se puede encontrar en el mercado es sorprendente y muy interesante: helados de yogur, yogures caseros, azucarados, desnatados, con frutas, con bífidos, griegos, enriquecidos con nata, líquidos, artesanos… Para todos los gustos.