El ambiente cargado de una casa vacía de vida, me golpeo fuertemente en la cara con recuerdos en forma de imágenes. Abrí la ventana  de mi casa a pie de playa para ver al inmenso mar perderse en el horizonte.

No había regresado desde que era una niña solitaria anhelando a un padre ausente que nunca regresó. La vida me condujo de vuelta casi sin darme cuenta a mi antiguo hogar de verano, mientras huía de un hombre que se instaló en mi vida al capturar el amor resignado y melancólico de mi madre buscando proporcionarme la figura paternal que nunca tuve.  Pero, la que debía ser una oportunidad para volver a ser feliz se convirtió rápidamente en miedo, tristeza, llantos y pena. Hasta que una mañana, tras una fuerte tormenta de gritos, discusiones y reproches, el silencio cayó como una losa sobre ella y la pequeña llama de luz que ardía tímidamente en su interior se apago para siempre. Simplemente: se fue. Tras ello, él se marchó para afrontar el  destino que se  había escrito y que pasaría en compañía del frío acero de los barrotes que revestían las ventanas de su celda. Y yo, azotada por la resignación y la pena, decidí volver al lugar donde a pesar de todo, de niña, una vez, fui feliz.

Regresaba tras muchos años sin pisar la casita a pie de playa que pertenecía a mi abuela y que yo,  había heredado de mi madre el mismo día  en que aquel desgraciado la había arrancado de mi vida dejándome un pesar que jamás me abandonó y que por más que lo intentara no conseguía mitigar mirando las fotografías que salvé de ella el  día que su marido decidió quemar porque eran un signo de vanidad.

Por lo tanto, ahí estaba yo con  quince años más y dispuesta a pasar todo mi verano  ocupada en darle vida a aquella casita perdida que era el único lugar en el que tenía buenos recuerdos de mi niñez, gracias a mi abuela.

Claro que el ambiente había cambiado notablemente. De hecho, la casita de mi abuela ya no estaba sola como antaño rodeada de playa virgen con arena blanca y agua cristalina a través de la cual puedes ver el fondo sin esforzarte demasiado.

Cuando era niña, eran unas tres o cuatro casas desperdigadas a lo largo y ancho de la playa. Resultaba una delicia pasear por sus calles angostas y caminos polvorientos para acabar dándote un buen baño en ese preciado mar.

Pero ahora la civilización y el mal llamado progreso habían cambiado el paisaje para convertirlo en una pequeña urbanización plagada de apartamentos construidos como sardinas en lata para atraer cuantos más turistas mejor.

Pasados unos días desde mi llegada a la casa, me encontraba afanada en mis quehaceres domésticos cuando una cabecita con ricitos dorados y ojos verdes asomada entre las cortinas de la puerta acaparó mi atención. Se trataba de la hija de la vecina, una chica despierta de unos cuatro años, que habría hecho las delicias de cualquier familia, excepto, al parecer, de la suya. Por lo que había podido averiguar gracias al incesante cotilleo de las vecinas más mayores era la hija ilegítima, (me niego a usar el término bastarda con el que alegremente la calificaban las ancianas del lugar) de una pareja extranjera, formada por un iraní de fuertes convicciones religiosas y de una inglesa hija a su vez de la fallecida propietaria del modesto apartamento, la cual, según las vecinas:  había abandonado este mundo por la pena y el dolor que le causaba vivir constantemente alerta ante los posibles cambios de humor de su hija (la madre de la niña) que padecía un trastorno mental y se pasaba gran parte del día peleándose y gritando a pleno pulmón con su pareja. La dulce niña, que despertaba toda mi ternura y hacía, que las pocas veces que había coincidido con ella algo se revolviera dentro de mí y quisiera llevarla bajo mi halo protector para  alejarla de ese ambiente que a mi entender, no es el más adecuado para nadie y mucho menos para una inocente criatura, que de seguir así, iba camino de perder esa inocencia demasiado pronto.

-¿Quieres pasar?-le dije al tiempo que le indicaba con la mano que lo hiciera.

Ante tal invitación, ella dio un respingo y se aventuró a marcharse pero yo la detuve. No sabía por qué, pero me agradaba que se hubiera acercado para hacer compañía a una triste mujer como yo.

-¡Tengo helado de chocolate!-le dije intentando atraerla. -¿quieres un poco?

Por toda respuesta movió la cabeza hacia adelante en un gesto de aprobación y se sentó junto a mí.

-Pero antes de dártelo tengo que saber dos cosas: una es si sabes hablar.

Ella sonrío divertida y afirmó nuevamente con la cabeza sin articular palabra mientras sus chispeantes ojos verdes me miraban embelesados.

-pero… ¡necesito saber si sabes pronunciar palabras!

Nuevamente afirmó con la cabeza, pero yo no iba a detenerme.

-¿Crees que podrías responderme a alguna pregunta hablando?

Ella se encogió de hombros.

-¿Quieres que probemos como si fuera un concurso de la tele?

Volvió a afirmar con la cabeza.

-Bueno, bueno-dije divertida.- si respondes correctamente a las preguntas te daré el helado de premio. ¿Te gusta la idea?

-¡sí!-dijo deleitándome con su amplia sonrisa.

-Muy bien: Primera  pregunta: ¿Cómo te llamas?

-Me llamo Cat.

-¿Cat?-pregunté como si hubiera oído la cosa más extraña del mundo.

Ella se reía a carcajadas ante mi supuesta ignorancia y respondió contundente:

-¡Cat de Catherine!

-¡Ah! -respondí. Y, Catherine ¿desde cuándo vives aquí?

-No lo sé, desde hace mucho. Mi mamá y mi papa vivían con mi abuelita hasta que se fue al cielo.

Aquello la sumió en una pequeña tristeza que se disipó en cuanto me vio acercarle su helado.

Verla con el helado era un gusto. Se lo comía sin dejar de mirarlo aunque apartaba la vista durante breves instantes para mirarme agradecida.

Cuando terminó, me dio las gracias y se fue corriendo escaleras arriba, a su casa. Donde su madre, fiel a su costumbre, reclamaba su presencia con gritos de desaprobación; Esta vez por adentrarse en casa de una desconocida. Pero la realidad era, que parecía darle  igual la niña. Esta vagaba sola por el pueblo o se iba a jugar con los niños de la zona sin que su madre supiera donde se encontraba. Sus padres solían marcharse de la casa y volver como si no tuvieran a alguien de quien ocuparse. De hecho, la regañaban por todo lo que hacía o decía. La vida en esa casa era lo más parecida a la casa de los horrores, y me hacía, muy a mi pesar, recordar el infierno que me había traído hasta allí. No estaba dispuesta a rememorar todo aquello de lo que había huido y decidí que haría todo lo que estuviera en mi mano para hacerle la vida más agradable a esa pequeña, cuya situación  me recordaba demasiado a la vida de mi madre con su marido.

Lo primero que hice fue intentar forjar una amistad con su madre, cosa que se antojaba difícil, porque la mujer no era lo que se dice muy amante de tomar su medicación y la mayoría de las veces le molestaba hasta la respiración de los demás y lo pagaba con la pequeña Catherine. Aún así, me hice la encontradiza con ella varias veces: en la playa, en la tienda de comestibles… Todo era poco para hacerle compañía a una niña que reclamaba cariño por todos lados. Hasta que un día, entré en el hogar roto invitada a merendar. Aproveche la ocasión para regalarle a la pequeña una selección de cuentos infantiles, ya que en mis pesquisas averigüe que estaba deseosa de aprender, de leer, y que nadie en su familia le fomentaba nada que tuviera que ver con la sabiduría. Pero debía ser cauta y no llevar nada que resultara demasiado caro, por suerte, en la  pequeña librería del pueblo, encontré unos cuentos muy baratos de pasta de cartón con unos dibujos preciosos que hicieron entusiasmarse a la pequeña y tuvieron el beneplácito de la madre.

La niña los recibió como si fueran el mayor tesoro del mundo y me hacía leérselos todos los días varias veces, hasta  que consiguió aprendérselos de memoria. Yo me sentía dichosa de poder compartir con la pequeña un tiempo que debería ocupar su madre. Una madre, que no sabía cómo demostrar su amor, que se pasaba el día insultando a su pareja y rompiendo cosas del mobiliario de la casa en medio de sus arrebatos.

La pequeña se escapaba cada vez que podía hacia casa, y yo, le leía y le contaba todo tiempo de cuentos y leyendas que podían ayudarla a conocer las cosas que este mundo podía ofrecer a alguien que tenía toda su vida por delante. Uno de los días que estaba en casa se mostraba más inquieta de lo que era habitual en ella y no paraba de mirar la puerta de salida de casa en lugar de observar las preciosas fotografías de lugares lejanos que le mostraba.

-¿Te pasa algo?

-No -me dijo bajando la mirada como si se avergonzará de responderme.

-¿se han vuelto a pelear mamá y papá?

Afirmo con la cabeza como la primera vez que entro en mi vida y eso hizo que pensará que esta vez la cosa era más grave de lo normal.

-No te preocupes-dije mientras la abrazaba-todo se arreglará.

-Mi mamá ha echado a papá de la casa.

Aquello me dejo bloqueada, no era la primera vez que pasaba, pero sí la primera desde que nosotras éramos amigas.

– Volverá no te preocupes.-le dije consolándola.

-No lo sé, le ha dicho que esta vez no se atreva a volver, y le ha tirado su ropa por la ventana.

Me quede estupefacta. Aquello debió de haber sido de madrugada, cuando sus gritos me despertaron y decidí cerrar a cal y canto todas las ventanas de casa para no oír la pelea y a la pequeña llorando desconsolada mientras el sofocante calor hacía  de mi dormitorio un auténtico horno, lo que me hizo muy difícil volver a acomodarme en los brazos de Morfeo aquella amarga noche.

Aquella revelación era mucho más de lo que estaba dispuesta a soportar, pero ella, que era bastante inteligente, se dio cuenta de mi pesar, me miró y me dijo:

-No te preocupes, pasa a menudo.

-Lo sé cielo,-le dije acariciándole el pelo.-lo que pasa es que nadie debería acostumbrarse a eso. -¿Qué ha pasado esta vez?

-Mi madre había hecho una de sus figuras y no le gustaba, cuando mi padre le dijo que la repitiera, esta se enfadó y se la tiró, entonces él le dijo que no debería hacerle eso al que trae el dinero a casa, que con sus <<tonterías>> no se ganaba para comer.

Me sorprendió la tranquilidad con la que relataba los hechos, como si se tratara de una adulta resignada. Su madre había resultado ser una fantástica escultora sin suerte que había quedado relegada a fabricar figuritas de barro para tratar de vendérselas a los turistas.

Abrace a mí diminuta amiga con fuerza y por la noche, en la soledad de mi cama, lloré al recordar las palabras que me había dedicado aquella tarde antes de marcharse:

-quiero que seas mi hada madrina, ¡como en Cenicienta!

En los días venideros apenas la vi. Algo debió de contar de nuestro pequeño pacto de cuento, que su padre no la dejaba acercarse a mí.

Pero yo no me iba a resignar, simplemente no era mi estilo y aguanté los deseos de verla para saber por lo menos como estaba sin preguntar ni acercarme a su familia.

Pasaron dos semanas y ya estaba empezando a perder la esperanza de que pudiéramos reanudar nuestras tardes de lectura cuando volvió a asomarse por la puerta e interrumpiendo el soporífero silencio que tenía por compañero me dijo:

-¡Hola Hada Madrina!-exclamó.

Levanté la mirada del libro que a duras penas captaba mi atención para mirar aquellos chispeantes ojos verdes que me observaban irradiando felicidad.

-¡Preciosa!-le dije entusiasmada mientras me acercaba a abrazarla.

Nos fundimos en un abrazo corto pero intenso reflejo del cariño que ambas nos procesábamos y de cómo en cierto modo nos necesitábamos para sobrevivir en medio de aquel angosto ambiente en el que estábamos inmersas.

Tras la efusividad de nuestro encuentro nos pusimos con la tarea de leer cuentos e historias. Pasamos unos de los mejores ratos que había pasado en mucho tiempo. Aquello inexplicablemente se repitió a lo largo de todo el verano, donde empecé a ejercer de madre o como ella me denominaba: su hada madrina; El caso es que con el beneplácito de su madre empecé a llevarla a la playa, de excursión a las maravillas naturales con las que nos deleitaban los alrededores de la zona, a la pequeña reserva de animales que teníamos a las afueras del pueblo y aún sinfín de sitios más.

El verano acabo llegando a su fin y con ello, en breve, dejaría de estar acompañada de la dulce niña que había despertado en mí el deseo de vivir otra vez.

Cuando acabé de cerrar el maletero del coche para marcharme a la ciudad a recuperar la rutina perdida, lancé el último vistazo a la ventana de su casa, mal llamada hogar, con la esperanza de verla, aunque sabía que no se produciría la anhelada despedida. Hacía dos días que se había marchado a rastras, literalmente, mientras su madre tiraba del largo cabello de la dulce cría para obligarla a acompañarla en su última neurosis que consistía en marcharse a la capital a casa de su hermana, también desahuciada en el amor para dejar a su marido con la sorpresa de haberse marchado sin dejarle siquiera las llaves.

Resignada volví a la ciudad pensando en mil y una forma de rescatarla de ese ambiente, pero todo lo que se me ocurría carecía de peso para plantearlo ante un juez. Nada podía hacerse.

Cuando volví el verano siguiente, me encontré con la casa cerrada a cal y canto, abandonada, con las rendijas de la ventana llenas de polvo, delatando que hacía meses que allí no habitaba nadie. Nadie supo decirme nada sobre la suerte que había corrido la familia de Catherine y sobre todo ella. La que más me preocupaba.

Al final paso el verano sin una sola noticia y justo un par de días antes de mi marcha a la ciudad llegaron los nuevos inquilinos y ya nada volvería a ser igual.

Durante años fantaseaba con qué habría sido de ella, en que se habría convertido, y  en una noche de diversión que consistió en cenar con unas amigas y en ir a bailar  me encontré con mi respuesta: volví a ver aquellos ojos verde: sin vida, sin brillo en la mirada, que se cruzaron con los míos en el ruidoso pub donde apenas podía oír lo que me decían mis acompañantes. Ella paso fugazmente a mi lado, me indicó con la cabeza  que no la detuviera y salió apresuradamente seguida de un hombre cuyo aspecto no me gusto demasiado. Y ahí termino todo. Aquella dulce niña se había convertido en una mujer de golpe, casi sin pretenderlo. Según mis cálculos debía de haber cumplido la mayoría de edad ese mismo año. Con el pelo desaliñad y el rímel corrido, salió escondida bajo una gabardina que le estaba grande y que escondía su extrema delgadez. Casi me muero de pena al recordar aquella imagen. Quise salir detrás de ella, pero su negativa me lo impidió. Durante días intenté recabar información sobre ella, regresé a ese pub con la esperanza de encontrarla y el firme propósito de ayudarla comportándome como el hada madrina que supuestamente yo fui para ella. La ayudaría sí, quisiera o no. Pero nunca tuve la oportunidad. No volví a encontrarme con ella, ni ninguna de las personas con las que me crucé supieron proporcionarme una pista lo suficientemente valiosa como para seguirle la pista. Al final me rendí.

Me quedé sola con el recuerdo de aquella niña a la que le leía cuentos, mientras juntas soñábamos con un futuro escrito en los cuentos de hadas, y que  ahora, estaba convertida en una desdichada mujer.

FIN

Mª Ángeles Mata.

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Autor: Mª Ángeles Mata. Escritora y empresaria. Me gusta leer, el cine, los museos, la música, la fotografía, escribir, viajar y la cocina. Soy la autora de la novela "Esperando una Respuesta"..