Puede que sea ingenuo imaginar que accionistas y altos ejecutivos ignoren que en el origen de los millonarios beneficios de sus empresas está esa gran masa de ciudadanos que ahora sufren y soportan esta profunda crisis económica cuyo final somos incapaces de ver. Ellos son los que aportan ese consumo necesario para que sigan lubricados los engranajes de la economía.

De cuando en cuando nos llegan noticias sobre grandes empresas que se tambalean o incluso llegan a caer por haber perdido el favor de sus clientes. Una mala decisión, un simple descuido, un competidor más espabilado, y la voluble fidelidad de los consumidores se quiebra.

Algo tenemos que decir los ciudadanos en todo ese maremágnum de la macroeconomía. No usamos ese potencial de influencia en la economía y la política que como consumidores tenemos. No hablo de boicots sino de ejercer el derecho a decidir, libre y consecuentemente, en qué y dónde gastamos nuestro dinero.

Lo de la libertad se entiende sin más explicación, lo damos por hecho. Lo de la consecuencia, no es algo que tengamos tan claro. Tiene que ver con la que debiera ser lógica correspondencia entre nuestras ideas y principios y nuestros hábitos y prácticas de consumo.

De nada sirve maldecir y condenar a empresas y bancos si después seguimos consumiendo sus productos y servicios y siendo sus clientes. Si consideramos que algo se ha hecho mal y nos afecta y los responsables no lo corrigen y asumen sus culpas, lo consecuente sería mudar nuestro consumo hacia organizaciones cuyo proceder y ética profesional sean más acordes con nuestros principios.

Hay quienes, de acuerdo con sus principios, consumen alimentos ecológicos o energías renovables, por citar dos ejemplos. Pero esa misma actitud, adoptada por muchos y extendida a otras áreas de consumo, puede suponer un motor para el cambio. No es cuestión de ponernos de acuerdo ni organizar campañas que muevan a otros a seguirnos. Se trata de actuar guiados por nuestros propios principios. Construyendo, ese mundo mejor que es posible.

No es fácil, tenemos malos hábitos grabados. Pero tendríamos que pensar, porque trabajar para intentar sobrevivir y que nuestro esfuerzo solo sirva para aumentar los beneficios de quienes nos condenan a ser cada vez más pobres es de ser idiotas.